LA IZQUIERDA VASQUISTA DE NAVARRA
BEHARREZKO AHOTSA
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¿Qué izquierda?
09-01-2017      |      
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¿Qué izquierda?

Escribir sobre la reconstrucción de la izquierda es tan osado como necesario. Y es que en este tiempo político, tan lleno de incertidumbre como de oportunidades, tenemos que ser especialmente finos. Son momentos extraños para la izquierda porque, a nivel estatal, a un momento electoralmente fuerte sumamos la decepción ante la no victoria, que no es derrota en si mismo pero tampoco es asalto a los cielos. Y a nivel navarro formamos parte de un cambio que nos ilusiona pero que, a veces, nos incomoda, porque hay una parte de la agenda que no es la nuestra.

 

Así que, pienso, es un tiempo en el que las izquierdas navarras deberíamos repensar algunas cuestiones y ganar en iniciativa política como bloque social y electoral. Porque para cambiar bien las cosas no basta con tener muchos votos, se necesitan además buenas ideas, criterios propios y trabajo solvente, pero también hacen falta aliados. Y en esa frágil relación entre las izquierdas, hasta la fecha, ha sobresalido más la competencia que la colaboración.

 

Y eso se produce precisamente en un momento de fuerte crisis, en el que el impacto social de la misma permanece en el tiempo y en las gentes más desfavorecidas. En este campo la tarea que le espera al PSN es inmensa, no acaba de ser una fuerza creíble para avalar y pactar cambios de envergadura. Se muestra más preocupado por desgastar que por proponer, y así se hace difícil construir una realidad social de izquierdas que sea atractiva y útil para las mayorías sociales de esta tierra. ¿Alguien piensa que a un periodo de fuerte competencia le sucede, de forma natural, un periodo de acuerdos?

 

La tarea de quienes nos situamos en la izquierda social no es pequeña tampoco. Deberemos evitar algunos de los principales errores que ha cometido tradicionalmente la izquierda.

 

En el mundo de las redes sociales y de la comunicación en corto, desgraciadamente toma relevancia una forma de expresarse basado en las proclamas, en los misiles dialécticos, en la humillación del contrincante. Hay una especie de verbalismo radical que sirve más para la unidad inquebrantable hacia dentro, que para persuadir a las mayorías sociales (los pronunciamientos llenos de idolatría hacia Fidel Castro son un ejemplo reciente).

 

Podemos llegar a ser una corriente formalmente radical, pero a la vez incapaz de transformar la realidad. Por lo tanto, aislada de los principales problemas de la gente y sólo preocupada por la auto afirmación. En definitiva, podemos ser los que más gritamos a la vez que somos los que menos incidencia tienen.

Creer que sólo se crece desde la competencia hace que perdamos una ocasión enorme para hacer las cosas de otra forma. El estilo “Rufian” nos puede entretener mucho pero no construye por frívolo, por regateador, por incoherente, por despectivo.

 

 

 

Tenemos que remangarnos para entrar de lleno en la hegemonía de un discurso liberal (avalado por UPN) que coloca la culpabilidad y la sospecha en el inmigrante, en el perceptor de Renta Básica o en el usuario del Banco de Alimentos, mientras que se arrodilla ante los intereses de bancos desahuciadores y élites insolidarias.

 

Y ese es un campo en el que la izquierda social hemos aportado muchas cosas a esta tierra. No es poca cosa haber sabido detectar multitud de necesidades sociales y darles respuesta. No es poco haber logrado, en muchos casos, construir un ámbito de protección para la gente que más ayuda necesita. Acompañar en desahucios, exhumaciones, luchas sindicales o en comedores sociales no es algo que se haga de la noche a la mañana. No es fácil combinar la acción y la protesta social con el voluntariado útil. Tiremos entonces de esa cuerda. Tratar de alcanzar el Gobierno y, a la vez, ser un amplificador de las protestas sociales es compatible.

 

Tenemos, también, que ganarnos a esa parte de la sociedad que mira al cambio con desconfianza. Y lo debemos hacer porque tenemos un proyecto de sociedad que pretende romper cuarenta años de enfrentamiento identitario. Y porque queremos que los cambios sean duraderos y calen. Y para eso nos debe importar tener criterios propios ante el final de ETA, el derecho a decidir o la política a favor del euskera. Dejaremos de ser una fuerza electoral interesante cuando, por puro politicismo, asumamos en estos temas el discurso de la izquierda abertzale.

 

Por eso creo que es momento de más Jesús Monzón y menos Telésforo Monzón. En un ambiente de fuerte polarización, en el que el blanco y el negro se necesitan, lo rompedor no es alimentar esa dinámica sino quebrarla. Algunos, al igual que aquellos republicanos del 36, seguimos trabajando por integrar de forma natural el republicanismo español y el vasquismo cultural.

 

La memoria histórica ha facilitado que construyamos un lugar común en el que las izquierdas hemos trabajo juntos, hemos sido influyentes y hemos construido un campo emocional que sale a la calle y, sin embargo, antes se encerraba en la privacidad de sociedades, sedes y locales pequeños. Ese es otro hilo del que deberemos tirar si no queremos que ese blanco y este negro se aprovechen de la situación y siempre nos ganen la partida.

 

Pero ya se sabe, hay quienes prefieren las banderas rotas aunque sean sólo jirones, mejor el blanco y el negro y tiramos hasta el borde del precipicio, así de la mano. Los contrarios se dan de comer, el erotismo y la épica de lo puro nunca ha pasado por armar puentes. Mejor armar a los nuestros aunque sea de falacias dicen, desde los extremos, los que no paran de gritarnos.

 

Por eso la izquierda social, como puente, como mirada laica a la sociedad tenemos que aparcar la autoafirmación sectaria, hacerlo querrá decir que este viaje habrá merecido la pena.

 

 


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