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La gestación subrogada
28-03-2017      |       Paloma Uría. www.pensamientocritico.org
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Paloma Uría

La gestación subrogada

10 de septiembre de 2016.

(Página Abierta, 246, septiembre-octubre de 2016).

 

 

La procreación ha disminuido hasta niveles insospechados en Europa y sobre manera en España. Las parejas retrasan sin fecha el momento de tener hijos o bien renuncian a ello por motivos diversos y explicables: dificultad de las madres para compaginar la maternidad con el trabajo o la promoción profesional, aumento del paro y descenso del poder adquisitivo, falta de acceso a la vivienda, escaso apoyo institucional… Podemos aventurar la presunción de que en nuestros tiempos tener hijos no es ya la única perspectiva de las mujeres o de las parejas.

 

Sin embargo existe la otra cara de la moneda. El intenso deseo de muchas

personas de ser madres o padres, quienes, al margen de las anteriores

dificultades, se encuentran con otras que parecen insoslayables: en unos casos

porque existe una insuperable dificultad de concebir, en el caso de las mujeres,

o porque se trata de parejas formadas por dos varones, parejas legal, social y

éticamente reconocidas y que han de gozar de los mismos derechos y

expectativas que las parejas heterosexuales.

 

Nos encontramos, entonces, ante una paradoja. Por una parte se muestra una

cierta preocupación por la escasez de nacimientos y por el envejecimiento de la

población, y se demandan medidas que aborden este supuesto problema en el

caso de las parejas heterosexuales; pero, por otra parte, se oculta, quizá de

forma deliberada, la creciente demanda de maternidad y paternidad de muchas

personas que, por las razones antes aludidas, se ven privadas de esta

experiencia vital tan anhelada: hijos que no pueden ser inscritos como tales,

padres cuyos derechos paternales no son reconocidos, censura social…

 

Y sin embargo es una realidad presente y creciente de la que algunas noticias

en los medios de comunicación no son más que la punta del iceberg, y, sin

abordar con sensibilidad la situación de estas personas y sin contar con las

opiniones de las personas implicadas, nos lanzamos a debates éticos sobre la

llamada gestación subrogada o por sustitución.

 

Porque, en realidad, en estos momentos, este es el nudo de la cuestión. Cada

vez hay más personas de ambos sexos que recurren a determinados países

para conseguir lo que en España no pueden, y ello a costa de un gran desgaste

emocional y un importante desembolso económico. Son personas que desean

ardientemente tener hijos, aun a costa de ímprobos esfuerzos, y cuya decisión,

en lugar de ser celebrada en una sociedad envejecida, es vista con sospecha,

cuando no con rechazo.

 

¿Por qué este rechazo? En parte se debe a una concepción tradicional, por no

decir retrógrada, de la función maternal: la idea de que los hijos han de nacer de

una pareja heterosexual estable (mejor si está casada y mejor si por la Iglesia) y

todas las demás formas de familia se contemplan con suspicacia en tanto que

muestras del desorden social imperante.

 

Vinculada a esta idea está la concepción casi mística de la maternidad, como un

instinto, un intenso sentimiento que experimentan las mujeres desde que están

encinta hasta que dan a luz un bebé “carne de su carne”, al que luego

amamantan y con el que mantienen un vínculo inescrutable, íntimo y personal.

No es de este tipo de argumentación de la que nos vamos a ocupar porque se

supone que nuestros lectores tienen una mente más amplia. Nos ocuparemos,

entonces, del rechazo por parte de importantes, por no decir mayoritarios,

sectores que se reclaman del feminismo o que se preocupan por defender los

derechos de las mujeres.

 

La mayor parte de las argumentaciones contra la gestación por sustitución se

sitúan en el campo de la ética, campo espinoso si los hay, en el que es difícil

llegar a acuerdos porque la posición está ya previamente tomada.

Se afirma que estas prácticas conculcan y menoscaban la dignidad de las

mujeres y su derecho a decidir. Es cierto que la defensa de la dignidad de las

personas debe ser una prioridad y también lo es que esta dignidad es

menoscabada de mil maneras, siendo una de las más evidentes la explotación

extrema a la que muchas personas y, en casos especiales, las mujeres, son

sometidas en todo el mundo, así como el desprecio de sus derechos más

elementales; ello nos ha de llevar a buscar los medios para mejorar estas

condiciones, pero no a prohibir o rechazar el trabajo o la actividad con el que

pretenden ganarse la vida.

 

Y es cierto que en nuestra cultura hay trabajos que nos parecen más nobles,

más creativos o más satisfactorios que otros, pero no tenemos derecho de

decidir cuáles son estos ni a despreciar o rechazar los que no nos gustan: es

este desprecio a determinados trabajos o actividades que realizan las mujeres lo

que verdaderamente atenta contra su dignidad.

 

Se argumenta que la gestación por encargo no puede nunca ser decidida

libremente por las mujeres. Dejando de lado el hecho de que la libre elección es,

probablemente, una utopía o, en todo caso, una prerrogativa muy escasa en

nuestras sociedades tan poco igualitarias, ¿qué nos ha de llevar a pensar que es

menos libre o más condicionada la práctica de esta actividad que, por ejemplo, el

trabajo doméstico, el de obrera textil o el de limpiadora, por poner ejemplos de

trabajos duros y poco valorados?

 

Al responder a esta cuestión, nos encontramos con uno de los argumentos

centrales de la crítica a la gestación subrogada: lo indigno de este trabajo es que

las mujeres implican en él su propio cuerpo y, además, su, al parecer, sagrada

misión, la maternidad.

 

Ha sido una constante en el feminismo el denunciar, con razón, el abuso a que

han sido sometidas las mujeres violentando su derecho a disponer del propio

cuerpo: violaciones y prácticas sexuales forzadas, pornografía no consentida,

maternidades no deseadas, esterilizaciones forzadas, mutilaciones genitales, por

lo que es comprensible la especial sensibilidad con la que abordamos cualquier

uso no autorizado, no deseado del cuerpo, pero la denuncia debe residir en este

último aspecto; es decir, en la falta de consenso, de voluntariedad, en la

coacción a la que las mujeres son sometidas.

 

Pero, cuando las mujeres pueden disponer sin coacción de su cuerpo, tienen el

mismo derecho y mantienen la misma dignidad que cuando ponen en acción su

fuerza de trabajo, su inteligencia, su formación cultural, en definitiva su persona,

aunque la libertad de elección esté con frecuencia mermada, que no anulada,

por condicionamientos externos, como la pobreza o la cultura.

 

Otra línea de argumentación contra la gestación subrogada adopta un enfoque

de defensa de la justicia social y a veces un enfoque anticapitalista. Se

argumenta que las mujeres que se prestan a proporcionar este servicio

provienen de las capas más pobres y marginadas, que son presa fácil de

organizaciones o mafias que las sobreexplotan e incluso esclavizan. Es probable

que algo de esto sea cierto pues ocurre también con otros tipos de trabajo que

se desempeñan al margen de las leyes y del Estado de derecho, pero ello nos

lleva a combatir estas prácticas mediante la denuncia y la exigencia de

legislación y transparencia, no a rechazar el trabajo en sí, siempre que sea

ejercido bajo el amparo de le ley.

 

Por otra parte, se denuncia la mercantilización de la gestación por encargo y, en

general, la sociedad de mercado que somete a comercio bienes y servicios que

no debían ser objeto de compraventa. No tendríamos nada que objetar a esta

argumentación si nos pudiésemos sustraer a la tiranía de los mercados no sólo

en la gestación, sino en otros muchos bienes y servicios que se nos ofrecen en

la sociedad de bienestar, pero mientras no sea así, en lugar de prohibir o

renunciar a ellos, es necesario que se presten mediante las regulaciones

pertinentes que hagan más difícil el abuso y la explotación mercantilista, porque

las prohibiciones abocan a la clandestinidad y abren la puerta a las mafias.

Esta última línea de argumentación anticapitalista coincide con la feminista en la

crítica a que en la gestación subrogada se someta a compraventa no un objeto,

sino una persona: el bebé que ya ha nacido. Sin embargo, lo que la parte

demandante obtiene y la gestante ofrece es un servicio, y lo que se paga es el

gasto pertinente por la gestación y lo que ello conlleva en gasto sanitario y de

manutención.

 

En definitiva, creo que en las actuales circunstancias, y dado que es una práctica

que se hace cada vez más frecuente, debemos abordar la realidad y buscar los

medios legales que eviten la clandestinidad o la ausencia de transparencia, o la

emigración hacia otros países más permisivos, pero más caros y, a veces, con

escasas garantías de respeto de los derechos de las gestantes.

Para ello es preciso considerar la gestación por sustitución como un ejercicio de

libre decisión de algunas mujeres. Estas prestan un servicio, muy importante

para muchas personas, a cambio de un dinero que necesitan para su

supervivencia o para mejorar su nivel de vida.

 

No se trata, sin embargo, de caer en la frivolidad de considerar la gestación

subrogada un acto exento de complicaciones. Su complejidad tiene que ver con

diversos factores: la consideración social del hecho de la maternidad, la posible

implicación emocional, el riesgo para la salud de la gestante, la posibilidad muy

real de sobreexplotación. Además, los riesgos e implicaciones de todo tipo de las

personas demandantes, así como la valoración de sus supuestos o reales

derechos. También las posibles repercusiones en las personas nacidas por este

procedimiento.

 

Todo eso exige plantear que el reconocimiento de la práctica de la gestación por

sustitución deberá ir acompañada de una regulación que contemple, en la

medida de lo posible, la protección de los derechos de todas las partes

implicadas.

 

P. U.

La gestación subrogada en el mundo

 

En Europa, la gestación por sustitución es legal en Georgia, Rusia,

Bielorrusia y Ucrania sólo para parejas heterosexuales casadas; en Grecia, con

la legislación más abierta, se autoriza para parejas heterosexuales, así como

para mujeres solteras; en el Reino Unido, la ley es muy restrictiva, aunque

contempla la demanda por parte de parejas gais, sólo admite la subrogación

altruista; más restrictiva aún es en Holanda pues sólo es posible para parejas

heterosexuales; Portugal ha aprobado una ley que permite la gestación

subrogada gratuita para mujeres que acrediten ser infértiles.

Está expresamente prohibida en Alemania, Austria, España, Estonia, Finlandia,

Islandia, Italia, la Moldavia, Montenegro, Serbia, Eslovenia, Suecia, Suiza y

Turquía. En el resto de países europeos no hay legislación específica que

autorice o permita, y en algunos países parece tolerada, como en Chipre o en la

República Checa.

 

Israel admite la gestación subrogada sólo para parejas heterosexuales

residentes en el país. Admite compensación económica para la gestante.

India y Tailandia eran los países más abiertos a la gestación por

sustitución para parejas extranjeras, pero últimamente sus leyes se han hecho

muy restrictivas y excluyen a demandantes extranjeros.

 

En Canadá, excepto en la provincia de Quebec, es legal para todo tipo de

parejas y también para personas solteras, pero no admite la compensación

económica fuera de los gastos justificados derivados del proceso de gestación y

parto.

 

En EE. UU. es legal, aunque la legislación varía según los Estados,

siendo California uno de los de legislación más abierta. En Méjico hay leyes

sobre gestación por sustitución en dos Estados. En Brasil se admite como

práctica altruista entre familiares directos.

 

En España, la Ley 14/2006, de 26 de mayo, sobre técnicas de

reproducción humana asistida (LTRHA), en su artículo 10 establece que:

 

“1. Será nulo de pleno derecho el contrato por el que se convenga la gestación,

con o sin precio, a cargo de una mujer que renuncia a la filiación materna a favor

del contratante o de un tercero.

2. La filiación de los hijos nacidos por gestación de sustitución será determinada

por el parto.

3. Queda a salvo la posible acción de reclamación de la paternidad respecto del

padre biológico, conforme a las reglas generales”.


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