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A propósito del Burkini
22-09-2016      |       María Gascón. www.pensamientocritico.org
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A propósito del burkini

LOS HECHOS Y SU CONTEXTO

A algunos nos sorprendió la noticia de la prohibición del uso del llamado

burkini1 en algunas playas de la Costa Azul francesa y Córcega. Como si Francia no

tuviera suficientes y mayores problemas que resolver en materia de integración social

y de gestión de la diversidad cultural. Pero lo cierto es que la desmedida orden de

treinta y un municipios2 contra las mujeres que llevaran esa vestimenta playera ha

encontrado multitud de respuestas, de opiniones opuestas y vivos debates las redes

sociales y los medios de comunicación franceses e internacionales durante todo el

mes de agosto.

El disparate se entiende mejor cuando resulta que la casi totalidad de los

alcaldes que decretaron tal medida pertenecen al partido Les Républiquains (LR) de

Nicolás Sarkozy, que hace de la lucha contra la inmigración y la defensa de la

“identidad francesa cristiana” frente al islam su cuerpo ideológico central y su principal

caballo de batalla electoral. Con el trauma del atentado terrorista islamista de Niza3

todavía muy vivo, esos alcaldes debieron pensar que esta era una forma de capitalizar

los beneficios del miedo dando un paso más en su cruzada frente al “moro” y, de paso,

tratar de arañar votos xenófobos al Front National de Marine Le Pen.

Faltan solo un par de meses para la celebración de las primarias4 que

determinarán quién será el candidato de la derecha que se presentará a las elecciones

presidenciales que tendrán lugar en abril o mayo de próximo año y no han tenido

escrúpulos para empezar la campaña de esta manera. Es conveniente contextualizar

los hechos para no caer en la fácil tentación de atribuir actitudes anti-musulmanas a

todo un país.

Pensando en lo que ellos ganaban, estos políticos de derechas no tuvieron en

cuenta lo que todos los franceses –y no solo, por la trascendencia que ha tenido el

caso– perdían. Porque la prohibición de algo irrelevante ha servido, sin duda, para que

islamistas y fundamentalistas de todo tipo se froten las manos dándose la razón en su

lucha contra “Occidente”. Y ha servido, también, para alimentar las posiciones

unilaterales y relativistas de ciertos sectores de las izquierdas europeas para los que

todo es islamofobia sin distinguir las ideas y comportamientos xenófobos que

discriminan y excluyen por el hecho de ser musulmán, de las críticas a las ideas y

comportamientos de quienes, entre los que se reclaman del islam, rechazan la

igualdad entre mujeres y hombres, el pluralismo y la laicidad, entre otros valores

“occidentales”, y tratan de extender sus contrarios.

Los argumentos de los alcaldes para prohibir5 el uso del burkini han ido desde

afirmar que provoca problemas de higiene o de seguridad hasta que es un mandato en

nombre del laicismo, teniendo en cuenta que dicha prenda manifiesta de forma

ostentosa una pertenencia religiosa y puede ser una señal de apoyo al yihadismo6.

Unos argumentos que dieron pie a que varias entidades francesas de Derechos

Humanos7 presentaran un recurso contencioso-administrativo ante el Consejo de

Estado8 para que se retirara la prohibición al considerarla ilegal por discriminatoria.

Día a día la polémica se ha ido agrandando hasta alcanzar, incluso, al propio

gobierno francés. Mientras el Primer Ministro, Manuel Valls, apoyaba la medida de los

alcaldes –aunque negó la posibilidad de legislar al respecto a nivel nacional–, dos de

sus ministras, la de Educación, Najat Vallaud-Belkacem y la de Asuntos Sociales y

Sanidad, Marisol Touraine, se mostraron contrarias a la misma, así como el propio

Ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, que pidió a los alcaldes que cesaran los

apercibimientos. Fuera de Francia, la polémica institucional llegó a Bélgica donde la

diputada del Partido Nueva Alianza Flamenca, Nadia Sminate, de origen marroquí,

pidió la prohibición del burkini en todo el territorio de Flandes.

Pero el absurdo alcanzó su punto más álgido cuando se empezaron a ejecutar

las sanciones en algunas playas, y cuando, el 24 de agosto, se publicó una foto en la

que se veía a cuatro policías municipales en la playa del Paseo de los Ingleses, de

Niza, obligando a una mujer tumbada en la arena a que se quitara el pañuelo azul que

le cubría la cabeza sobre el burkini. La indignación ante tan humillante comportamiento

policial provocó numerosísimas críticas en redes sociales y medios de comunicación y

dio lugar a que el Consejo Francés del Culto Musulmán pidiera reunirse urgentemente

con el Ministro del Interior por las graves consecuencias que ya se estaban

produciendo en la convivencia.

Dos días después, el 26 de agosto, el Consejo de Estado hacía pública su

respuesta al contencioso-administrativo interpuesto por las entidades de Derechos

Humanos para pedir la supresión de la prohibición del burkini, una resolución que

generaba jurisprudencia, por lo que obligaba a todas las alcaldías a anular la

prohibición y permitía recurrir las sanciones impuestas puesto que eran

manifiestamente contrarias a las libertades fundamentales que son la libertad de ir y

venir, la libertad de conciencia y la libertad personal”. La Resolución recuerda, así

mismo, los principios sobre los que se basa la laicidad y afirma que “pueden

desaprobarse el burkini o el pañuelo, puede pensarse que son vestimentas que

lesionan la dignidad de las mujeres, pero la prohibición no es la solución. La norma es

la libertad religiosa y la República se honra respetándola mientras no amenace el

orden público.”

La Resolución restringe el poder de la policía municipal a la hora de decidir el

acceso a los lugares públicos sobre la base de una vestimenta que pueda

considerarse de apariencia religiosa, ya que ese tipo de restricción solo puede darse si

se dificulta el acceso al baño, si se pone en peligro a los bañistas o si perjudica la

higiene y la decencia, y este no es el caso, afirma. Incide, también, en señalar que los

sentimientos y la inquietud generados tras los atentados terroristas islamistas, y en

concreto el cometido en Niza el 14 de Julio pasado, no justifican legalmente la medida de prohibición.

Frente a esta Resolución, que algunos medios franceses calificaron como “el

triunfo de la Ley”, que es la que regula el ejercicio de la laicidad y la libertad,

personajes como Nicolás Sarkozy alardearon de su desacato manifestando que “llevar

un burkini es un acto político, militante, una provocación. Las mujeres que lo llevan

están poniendo a prueba la resistencia de la República», y que si el problema era que

la medida de la prohibición era inconstitucional, él propondría el cambio de la

Constitución. La guerra (electoral) está declarada. Pero quizás Sarkozy y Le Pen no se

conformen con disputarse los votos más anti-musulmanes, sino que piensen que va

siendo hora de revisar la Ley de 1905 de separación de la Iglesia y el Estado y

devolver a Francia al seno de la cristiandad. No es el uso del burkini quien pone en

peligro la laicidad del Estado, sino quienes apoyan su prohibición.

LAICIDAD O MANDATO RELIGIOSO

Hay que reconocer que, si bien la ley es clara, en absoluto ha sido suficiente

para cerrar el debate sobre el lugar que ocupa el islam en las sociedades europeas,

especialmente en el actual y difícil contexto en el que el islamismo se ha convertido en

un factor relevante a escala internacional. Un debate, por cierto, en el que las mujeres

están especialmente concernidas, por lo que su opinión y participación es

fundamental.

La polémica ha puesto de manifiesto opiniones muy diversas, pero en el río

revuelto se han volcado afirmaciones con escaso o nulo fundamento que, más que

ayudar a corregir los problemas de la gestión de la diversidad cultural y religiosa,

contribuyen a todo lo contrario. Un ejemplo de ello ha sido deducir de la prohibición del

burkini en Francia la equivalencia entre el comportamiento del Estado laico y el de los

de aquellos países con población musulmana en donde se aplica, total o parcialmente,

la Sharía. La propia inventora del burkini, Aheda Zanetti, lanzaba la pregunta de quién

era peor, si los talibanes o los políticos franceses, y respondía tranquilamente que son

igual de dañinos unos que otros. Tal aberración, intencionada o fruto de la

vehemencia, merece ser aclarada.

El aspecto principal de la laicidad es la separación entre las confesiones

religiosas y el Estado. Las creencias religiosas son un asunto privado y no deben

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prevalecer sobre el Estado, sus leyes y sus instituciones; los derechos y deberes de

las personas emanan de su ciudadanía. El islamismo se sitúa en otra perspectiva:

entiende que la Sharía o ley islámica determina lo que está bien (halal) y lo que está

mal (haram) y preconiza que rija todos los aspectos de la vida de las personas, desde

las acciones individuales y familiares hasta los asuntos del Estado.

En defensa de la laicidad, los funcionarios del Estado francés no deben exhibir

ningún símbolo identificador religioso en el desempeño de su función, al igual que los

profesores y el alumnado de los centros públicos de enseñanza. Pero no existe ningún

tipo de prohibición para que cualquier persona pueda ir vestida como quiera, sea

musulmana, cristiana, judía o atea. Tan solo están prohibidos aquellos elementos que

tapen el rostro e impidan la identificación, tales como un casco de moto si no se

conduce, un niqab o un burka, lo que hace evidente que la prohibición del burkini nada

ha tenido que ver con la laicidad, sino con una actitud antimusulmana.

Otra cosa bien diferente es lo que ocurre en los Estados islámicos, total o

parcialmente teocráticos, en donde no hay grandes diferencias entre las leyes civiles y

las religiosas, por lo que las normas atribuidas a la religión (vestimenta, alimentos,

comportamiento individual, familiar y social diferente en función del sexo…) tienen el

valor de leyes civiles. Esto tiene una gran importancia, porque el mayor o menor

vínculo entre lo civil y lo religioso en un Estado nos va a dar el grado de libertad que

esa sociedad ha alcanzado en relación con los imperativos religiosos, que a veces no

lo son, pero que se presentan como tales para facilitar su imposición bajo amenaza de

exclusión social o castigo divino.

LA LIBERTAD DE ELEGIR

La prohibición del uso del burkini ha suscitado también otros debates de mayor

hondura que el gusto o el disgusto por cómo va vestida una mujer en una playa

europea. Uno de ellos, recurrente desde los años 90 cuando Francia prohibió el hiyab

(y otros símbolos religiosos) en las escuelas públicas, ha sido la libertad o el derecho

(en este caso, de las mujeres) a decidir.

A la hora de abordar esta cuestión es conveniente determinar el espacio en el

que se inscribe el concepto de “libertad”. Porque hablar de libertad en Francia, en

España, en Europa, en relación con la capacidad de las mujeres de pensarla,

conocerla y ejercerla, no es lo mismo que hacerlo en determinados países árabes,

africanos o asiáticos, de donde procede la mayoría de las personas musulmanas de

origen inmigrado y refugiado en esta parte del mundo. En muchos de esos países las

tendencias más conservadoras del islam, como el salafismo y el wahabismo, han ido

ganando terreno desde hace tiempo. Cualquiera puede comprobarlo a través de los

relatos personales de mujeres inmigradas y refugiadas, y de los numerosos

documentos escritos y fotográficos de décadas anteriores que nos recuerdan y

muestran a las mujeres vestidas “a la occidental”, e informan de algunas conquistas de

leyes favorables a las mujeres sobre las relaciones familiares, el acceso al trabajo o a

la universidad, que hoy han desaparecido.

En esos países hay muchas mujeres que se están jugando desde el respeto y

la inclusión familiar y social hasta la vida para defender no solo no tener que cubrirse

sino poder elegir marido, poder estudiar o trabajar, o simplemente salir a la calle sin la

compañía de un familiar directo varón. El maltrato, el control y el abuso sexual forman

parte de su función como mujeres. La moral imperante coloca la virtud y el honor de la

familia y la comunidad en el cuerpo de la mujer, que es la responsable de evitar que

los hombres tengan pensamientos y deseos “impuros”; de ahí la necesidad de cubrirlo.

Nada parecido se exige a los hombres.

El hecho de que en el islam no haya una jerarquía ni una única autoridad

religiosa, propicia la existencia múltiples interpretaciones del “mandato divino”.

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Algunas de estas interpretaciones son simples invenciones, basadas en costumbres y

tradiciones atávicas que nada tienen que ver con la religión, pero se reclaman de esa

autoridad para justificar e imponer el papel subordinado de la mujer mediante un

sexismo puro y duro.

Sabemos que las mujeres musulmanas que en Europa visten con hiyab, burkini

o chador pueden hacerlo por diferentes motivos: por respeto religioso, para testimoniar

su identidad islámica, para expresar su militancia antioccidental o por otras razones.

Las leyes no entran en los motivos. Se limitan a asegurar que puedan llevar esas

prendas si así lo desean. Y pueden hacerlo porque existen iguales derechos civiles

para hombres y mujeres. Por la misma razón sería de justicia, y muchas mujeres

luchan por ello, que la misma libertad que hay para el uso de esas vestimentas la

hubiera para quienes desearían no llevarlas pero se ven constreñidas a hacerlo por la

presión de sus comunidades.

Porque también sabemos que no pocas mujeres musulmanas que viven en

Europa y se cubren, lo hacen para poder circular por el espacio público ya que de otra

forma no podrían hacerlo, para poder bañarse en la playa, para no ser excluidas por

sus familias y sus comunidades, e incluso para no ser acosadas y tratadas como putas

(lo peor de lo peor en el islam) por no mostrar la debida virtud que proporciona la

invisibilidad de su provocador cuerpo. ¡Claro que estas mujeres eligen cubrirse! Quién

no aceptaría pagar un precio a cambio de poder respirar y vivir como las otras. En

esos casos, reducir la noción de libertad a esa posibilidad de elección es apuntalar la

situación de falta de libertad de esas mujeres.

Esta idea de libertad condicional es la que frecuentemente se invoca cuando

se dice que el burkini, el hiyab u otras prendas similares proporcionan libertad a las

mujeres. Pero no se debería confundir la ambivalencia de su uso (sirve para ocultar el

cuerpo pero también para poder mostrarse en público) con un cambio de significado.

El hecho de que, ante una situación de control sexual comunitario, esa vestimenta le

sirva a una mujer para evadir en cierta medida ese control y poder hacer algo que de

otra forma no podría, no cambia el significado de esa vestimenta que, al ponérsela, le

está dando la razón a quién exige virtud y pudor por el hecho de ser mujer. El

problema de fondo –la desigual consideración de las mujeres con respecto a los

hombres– se difumina bajo la superficialidad de sus vestimentas, pero en absoluto

desaparece. Ya que no se puede asociar la libertad a la hora de tomar una decisión

con el hecho de que esa decisión sea buena. Una cosa es comprender y respetar la

decisión de esas mujeres, y otra juzgarla como positiva.

Lamentablemente, el debate sobre el atuendo de las mujeres musulmanas no

parece tener un próximo final. Quizás, quienes contribuimos de una u otra forma a

mantenerlo, haríamos mejor en debatir sobre la situación de ausencia de derechos

reales que padecen muchas de ellas en sus sociedades de origen, en las de destino

cuando son inmigradas o refugiadas, y en sus propias comunidades y familias. Y

apoyar a aquellas que se rebelan contra los imperativos de cualquier tipo que les

asfixian como mujeres y como ciudadanas.


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